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Carmen N.G. de Madrid

Huellas de luz que Rebeca Rocamora ha dejado en mí, en los tres encuentros que tuve con ella. Todo sucedió en Madrid.

1º Encuentro:

Era una niña muy enferma y la conocí a través de un hermano mío sacerdote, ya fallecido. Estaba muy pálida, sin pelo, cubriéndose la cabeza con un gorrito, consecuencias de la quimioterapia.

La miré atentamente y vi a una criatura sencilla, serena, con una fe que sólo los niños y los sencillos tienen. Ésta fe le llevó a un lugar mariano, y después del rezo del Stmo. Rosario sin que nadie lo advirtiera, le pidió a la Virgen que la curara.

Fue un movimiento espontáneo, producto de su infantil amor a la Virgen, cuyo rosario bendecido llevaba al cuello; por estas demostraciones fervientes, sencillas y alegría confiada, ¿oyó la Madre sus ruegos infantiles y la curó? Yo no lo dudo, aunque esto pertenece al misterio entre Dios y Rebeca.

2º Encuentro:

Ya estaba curada, han pasado los años, se había convertido en una agraciada adolescente, con preciosa cabellera ensortijada, pero… seguía siendo tan sencilla, humilde, confiada, llena de alegría y de vida; tan piadosa y buena como años atrás. Su misma sencilla fe, y agradecimiento al Señor. Era una delicia estar con ella.

3º Encuentro:

Unos meses antes de morir, en la Clínica Puerta de Hierro. Me acerqué al lecho del dolor, a un Calvario. Yo sabía, por un sobrino mío, que la situación era desesperada, no había solución, el aparente tumor era muy agresivo y le quedaba poco de vida.

Ella, pálida, casi transparente, era todo sencillez, humildad. Agradecía expresivamente todo lo que se le hacía, no se quejaba, tenía ansias de vivir, pero estaba serena a la espera de los designios de Dios, que fogosamente aceptaba.

Todo era sonrisa y alegría. Casi no podía hablar, pero se esforzaba por atender a todos los que, como yo, íbamos a verla. ¡Dios mío, qué grandes son tus obras en el corazón de esta niña!

Me hablaba de mis dos hermanos, el sacerdote y el médico, ya muertos y que la querían entrañablemente, y me decía que ellos desde el Cielo la protegían.

Era toda sencillez, fe, confianza en los planes de Dios. Rezaba fervorosamente y repetía: “Lo que Dios y la Virgen quieran”.

Al día siguiente, cuando volví a visitarla, un enfermero, en sillas de ruedas, la sacaba al ascensor. La miré atentamente, me pareció un ángel lleno de Luz. Ella sí me vio en ese momento. Iba serena y confiada como siempre, con una fortaleza no común a sus 20 años, ante la situación por la que estaba pasando. Ella sola, con el enfermero, tan serena y sonriente, era la sencillez y confianza personificada.

La metieron en una ambulancia y sus padres, que en aquel momento llegaron, me dijeron que la llevaban a La Concepción, a una resonancia magnética. Yo, en la puerta de la ambulancia, la contemplaba despidiéndose de mí, con la misma entereza, delicadeza agradecida, con las torpes palabras que casi no podía pronunciar, pero que se esforzaba, era todo amor, alegría y confianza en Dios. No la volví a ver.

Ha dejado una profunda huella luminosa en mi alma. El Señor ha sido glorificado en ella por el testimonio de esos encuentros y yo Le bendigo, y doy gracias por haberme permitido conocerla.

Carmen N.G. (Madrid)